El verano termina con una sonrisa, y volver a casa y a la rutina de trabajo cuesta, y mucho. No se trata de revolver la incomodidad y el cansancio que nos genera visualizar lo que viene ahora, sino de pensar en la oportunidad de un nuevo comienzo. La idea no persigue eliminar todo el malestar de la vuelta, pero sí, al menos, aligerar esa carga enfocando el nuevo periodo como una oportunidad ilusionante para hacer cambios en nuestra vida que nos aporten bienestar.
En este aspecto, es muy posible que lleguemos con una sensación de plenitud por haber disfrutado del verano, por haber desconectado de lo que era nuestro día a día e incluso rogando una bajada de temperaturas para simplemente poder pensar. Así, tenemos la oportunidad de pensar en los hábitos saludables que queremos implementar, en los cambios de rutinas y en las decisiones sobre nuestra alimentación y salud que, de forma (muy) motivada, queremos incorporar a nuestra vida, e incluso de hacer hueco a actividades, eventos o formas de pensar descubiertas durante el verano
Llega septiembre y, como en enero, queremos reorganizar nuestra vida pensando en todo lo que queremos conseguir, creyendo que esa transformación nos llevará a nuestra mejor versión. Esa motivación e ilusión son el combustible perfecto para conseguirlo y, por eso, es importante gestionarlas bien para que no se desperdicien por el camino. Tu descanso y disfrute durante el verano no son una carga, no estás en una carrera contra el reloj y nadie te está exigiendo volver ya al 100 % de tu rutina anterior. Es tiempo para una nueva versión de ti.
Las vacaciones no son un error que tengas que corregir
Las vacaciones de verano no sirven solo para despejar nuestra mente y descansar, sino también para descubrir, probar y reconectar. Tomas decisiones en un entorno diferente: los horarios, viajes, planes familiares-sociales… Solemos abrazar estos cambios con ilusión precisamente porque nos ofrecen algo diferente. En este sentido, puede ser un buen momento para parar y replantearnos decisiones que afectan a nuestra vida actual y a nuestros planes de futuro.
De esta forma, durante este periodo, tu dinámica cambia y no tiene demasiado sentido juzgar esas decisiones con los criterios de tu rutina habitual. Mucha gente intenta mantener gran parte de ella durante la época estival, llegando a sentirse culpable por no ser capaz de cumplirla, por no haber podido contenerse ante ciertos “excesos” u obligándose a compensar comportamientos alimentarios prejuzgados por no adherirse al plan establecido. Al hilo de esto, una mayor exposición a la luz solar, el calor y el propio contexto vacacional posibilitan cambios en nuestro comportamiento que incluso sentimos necesitar: participar en más eventos sociales improvisados, relajar nuestro sentido de disciplina, alterar nuestros horarios de comida o incluso nuestro patrón de sueño. Y todo esto puede formar parte del propio contexto de las vacaciones.
El foco debería establecerse en proporcionar al cuerpo lo que necesita en ese momento. Exigirnos seguir cumpliendo exactamente con todo y adaptar nuestro entorno a este objetivo puede añadir estrés y malestar a un periodo que, precisamente, asociamos con el descanso y la desconexión. Se trata de comprender que está bien disfrutar de este periodo, dejar cierto espacio a la espontaneidad y no tener que justificar constantemente nuestras decisiones. La evidencia sugiere que la autocompasión, entendida como una actitud de amabilidad hacia uno mismo en momentos de dificultad o fracaso, se asocia de forma general con menores niveles de estrés y con más conductas que favorecen la salud. En otras palabras, ser menos duros con nosotros mismos no implica dejar de cuidarnos; puede ayudarnos a relacionarnos con nuestras decisiones desde un lugar menos exigente y más consciente.
Volver a cuidarte no tiene por qué empezar a lo grande
Suele pasar que, al comenzar septiembre, lo que cuesta no es tanto volver a la realidad laboral per se, sino decir adiós a la flexibilidad de elección dentro de tu estilo de vida que te permite el verano y vislumbrar, al final de este, el enorme peso de las rutinas en las que tendrás que encajar de nuevo: comidas, ejercicio, sueño… además de otro tipo de obligaciones y, encima, evitando el estrés y la ansiedad que todo esto pueda generar. ¡Menudo papelón!
Lo cierto es que nadie te obliga a restaurar enteramente el modo de vida anterior a las vacaciones. Tras los días y semanas de descanso y desconexión, por muy bien que se prepare la vuelta, es difícil cambiar de golpe la dinámica actual. Puede que desarrolles, al inicio de septiembre, el impulso de hacerlo todo a la vez para “adaptarte” y cumplir tus objetivos cuanto antes, estableciendo un “todo o nada”. Sin embargo, el cambio real no requiere una adaptación compleja y espectacular: se trata de ir impulsando una serie de hábitos de forma progresiva, que se irán forjando en función del nuevo contexto y de las rutinas que se vayan implementando en él.
Un hábito es una acción que, mediante la repetición ante determinadas señales y en contextos relativamente estables, puede llegar a automatizarse. Esas señales pueden ser tan sencillas como un lugar, un momento del día o una rutina concreta. Por eso, recuperar costumbres como hacer ejercicio, organizar nuestras comidas o mantener una buena higiene del sueño puede resultar más difícil al volver de vacaciones, igual que mantenerlas durante el verano puede ser complicado cuando cambia nuestro entorno.
No todo tiene que volver a ser como antes
Si bien es cierto que conviene ir incorporando los hábitos poco a poco, en el entorno estable de tu espacio familiar del lugar donde vives, para adaptarte de nuevo al mismo, también lo es que puede haber ciertos comportamientos desarrollados durante el verano que sea bueno mantener, por todo lo que te pueden aportar a nivel de salud biológica y/o mental.
Vivimos a un ritmo alto, intentando cuadrar agendas, cumplir con objetivos laborales o de estudio y hacer frente a listas de tareas que parecen no terminar nunca. Seguramente más de una vez te hayas planteado que esta dinámica no es sostenible y que algo tiene que cambiar. Precisamente por eso, las vacaciones pueden ofrecernos un espacio de menor presión y mayor flexibilidad en el que resulta más sencillo pensar, reflexionar y descubrir cambios que después podamos trasladar a nuestro día a día.
Quizás hayas descubierto una actividad nueva, conocido un grupo de gente interesante o aprendido una habilidad nueva que quieras potenciar; o simplemente quieres recuperar tus horarios, pero conservar desayunos más tranquilos; volver a cocinar entre semana, pero seguir viendo más a tus amigos; retomar el gimnasio, pero no renunciar a pasear porque descubriste que te sentaba bien. Tú decides qué cosas positivas del verano te definen y te hacen sentir mejor y quieres mantener en tu día a día.
No necesitas hacerlo perfecto para que cuente
Para finalizar, es importante subrayar no solo la necesidad de empezar a un ritmo que se ajuste a tu estilo de vida actual, sino también ser consciente de que el grado de cumplimiento puede fluctuar de manera natural. Ya no hablo tan solo de la progresión en la implementación de las rutinas y hábitos que quieras ajustar al inicio del curso, sino de hasta dónde llega tu exigencia por cumplir, en cada momento, todo al 100 %. Apenas acabas de dejar el coche o el transporte, llegas a casa y ya notas el bombardeo de tu mente con los planes y tareas de la semana. Muy posiblemente tu casa también te esté “gritando” más quehaceres.
¿Quién es realmente quien te proyecta esas exigencias? Podemos llegar a ser nuestro peor enemigo y aplicar un nivel de perfeccionismo tal que el estrés y el malestar terminen ocupando demasiado espacio en nuestro día a día. Es en este punto cuando debes pensar en ti y ajustar el nivel de exigencia a tus expectativas reales. Ser menos duro contigo mismo no significa preocuparte menos por tu salud; puede facilitar, precisamente, que vuelvas a cuidarte.
Es por ello que implementar una estrategia de cuidado, priorizando actividades y rutinas como una buena higiene del sueño, el ejercicio físico o cambios progresivos en la alimentación hacia opciones saludables, puede contribuir a una mejor autorregulación y a afrontar con más recursos el estrés cotidiano. La evidencia actual sugiere que las personas con mayor autocompasión tienden a responder ante los fracasos y las situaciones indeseadas con más aceptación y una actitud más consciente. De esta manera, pueden estar más dispuestas a gestionar sus emociones, evaluar sus comportamientos y adoptar hábitos que favorezcan la salud.
Conclusión
La vuelta de verano no tiene por qué convertirse en una carrera para recuperar el cuerpo, los hábitos o la versión de ti que dejaste atrás. Puede ser, sencillamente, el momento de observar qué necesitas ahora y volver a construir una rutina que te haga sentir bien. Recupera lo que te funciona, conserva aquello que hayas descubierto por el camino y deja espacio para hacerlo de forma progresiva. No necesitas empezar de cero ni hacerlo todo a la vez. La rutina que realmente merece la pena recuperar es la que puedas seguir manteniendo durante el resto del año.